Thursday, May 29, 2008

China avanza hacia el liberalismo económico

James A. Dorn argumenta que un enfoqúe más apropiado para las relaciones entre China y EE.UU. no es la confrontación sino una alianza económica estratégica a largo plazo que reconozca el progreso que ha logrado China sin implantar barreras a las relaciones comerciales.

Mientras el congreso de los EE.UU. practica el proteccionismo y la Casa Blanca consiente, China continúa moviéndose hacia una economía de libre mercado. La aprobación el 16 de marzo, por el Congreso Nacional del Pueblo, de la nueva ley de propiedad es otro paso positivo en la transición de China de la planificación al mercado. El movimiento de China hacia la libertad económica es verdadero, y el Congreso debe responder manteniendo abiertas las puertas comerciales, no imponiendo tarifas aduaneras punitivas que perjudican a ambos lados.

La insistencia de Washington de tomar represalias contra China por subvalorar su moneda, inundando los mercados de EE.UU. con mercancías baratas, y por subvencionar las exportaciones implica que China es un enemigo, contra el que se necesita tomar represalias. ¿Pero, hay alguien que crea seriamente que los consumidores estadounidenses están peor si las mercancías se pueden importar a precios más baratos de lo que cuesta producirlas en el país? Imponer tarifas aduaneras a China perjudica a los consumidores de EE.UU. y a los usuarios industriales de productos importados; es un acto de suicidio económico.

Amenazar con eliminar las relaciones comerciales normales con China por medio de una ley del Congreso, como lo propone el senador Byron Dorgan (D., N. D.) sería una tontera. Violaría también las reglas de la Organización Mundial de Comercio. De la misma manera, la decisión del Departamento de Comercio de EE.UU. de revertir su antigua política e imponer pagos compensatorios a las compañías chinas, aún cuando el Departamento de Comercio todavía clasifica a China entre las economías que "no son de mercado", abrirá una Caja de Pandora y agravará los sentimientos proteccionistas del Congreso en el Capitolio.

En su apuro por penalizar a China, el Congreso está desviando la atención de las acciones constructivas que esa nación ha tomado y está tomando para reestructurar sus instituciones y así acercarse al liberalismo económico. Como lo dijo el Primer Ministro Wen Jiabao en su discurso en Harvard en diciembre de 2003, la transición de China de planificación a mercado ha llevado al "gradual levantamiento de antiguas restricciones impropias, visibles e invisibles, a las libertades del pueblo de elección de trabajo, movilidad, empresa, inversión, información, traslado … y estilo de vida".

Esto se demuestra con la nueva ley de propiedad. Al darle una mayor seguridad a los derechos de propiedad, la ley le otorga contenido al artículo 13 de la Constitución de la República Popular China, la que fue enmendada por el Congreso del Pueblo en 2004 y que proclama que: "la propiedad privada legal de los ciudadanos es inviolable". Más importante es que al hacer más transparentes los derechos de propiedad, la ley ampliará los límites del mercado de intercambio, aumentando al mismo tiempo la libertad y la prosperidad.

El gran economista del siglo XVIII, Adam Smith reconocía los beneficios sociales de la propiedad al escribir, "[ Si] la gente no se siente segura de la posesión de su propiedad" y "la buena fe de los contratos no es respaldada por la ley," entonces "el comercio y la industria rara vez pueden prosperar por mucho tiempo." Dos mil años antes Mencius escribió, "La gente puede tener un plan de vida a largo plazo solamente si sabe que su propiedad privada está segura".

La libertad económica, especialmente en las áreas costeñas, ha hecho de China la tercera potencia comercial y a su vez ha ayudado a millones de personas a salir de la pobreza. Sin la rápida expansión del sector no estatal y el crecimiento de la clase media, la presión política para enmendar la constitución y promulgar una nueva ley de propiedad no hubiera ocurrido.

En una encuesta realizada en 20 países en 2005, GlobeScan descubrió que China tiene la más alta proporción de respuestas (74 %) que están de acuerdo con que la "economía de libre mercado es el mejor sistema en el cual basar el futuro del mundo". Este resultado es extraordinario dado que hasta hace muy poco tiempo Beijing mantenía la planificación central.

"La gran idea" del Presidente Hu Jintao es crear una "sociedad armoniosa y próspera" vía el "desarrollo pacífico". Para lograr esta meta, en todo caso, se requiere de un cambio institucional —a saber, un estado de derecho que realmente proteja a las personas y a la propiedad. Como Wu Jinglian, uno de los principales reformadores, indicó recientemente, "Si no establecemos [un] estado de derecho justo y no tenemos una protección clara de los derechos de propiedad, entonces esta economía de mercado se hará caótica y corrupta e ineficaz".

El ideal socialista de la armonía es completamente consistente con la idea central del liberalismo de mercado: un gobierno limitado y no intervencionista (wu wei), en el sentido de proteger la propiedad y los contratos, origina un ordenamiento espontáneo del mercado. Mucho antes del liberalismo occidental , Lao Tzu argumentaba que cuando el gobernante no toma "ninguna acción", "la gente prospera por sí misma".

Desde una perspectiva liberal, "el principal objetivo y la condición del desarrollo económico", escribió el fallecido Peter (Lord) Bauer, es extender "la gama de opciones" —o sea, expandir "la gama de alternativas eficaces que la gente tiene a su disposición". Esa meta es completamente consistente con el objetivo de "construir el socialismo con características chinas", lo que, en las palabras de Wen, es "emancipar y desarrollar las fuerzas productivas, y respetar y proteger la libertad del pueblo chino para buscar la felicidad".

En su discurso en Harvard, Wen atribuyó el desarrollo pacífico de China desde 1978 a "la política de reforma y apertura, y en el análisis final, a la creatividad del pueblo chino inspirada por la libertad". Y, como Mencius, argumentó que, "sin protección efectiva del derecho de los ciudadanos a la propiedad, será difícil atraer y acumular capital valioso".

Si las nuevas provisiones de la ley de propiedad se hacen cumplir, se despolitizará la vida económica y la sociedad civil se beneficiará de la autonomía que la propiedad privada crea. La actual corrupción no proviene del avance del mercado; es el efecto secundario de la carencia de los derechos de propiedad completamente transferibles de la tierra y otros activos propiedad del gobierno. Si los inversionistas tienen que trabajar con funcionarios del gobierno que pueden beneficiarse con la venta de los derechos sobre la tierra, los sobornos y otros favores prosperarán.

Aunque la nueva ley fortalece los derechos del uso de la tierra, no cambia la propiedad estatal de ella. Los agricultores no pueden usar tierras de propiedad colectiva como colaterales. Los políticos locales seguirán tomando las decisiones finales acerca del desarrollo y las compensaciones a campesinos y residentes de las ciudades por la confiscación de sus tierras para "uso público" seguirán siendo arbitrarias. Estas deficiencias, sin embargo, no deben cegarnos a los méritos de la nueva ley ni al significado histórico de la primera medida de China para salvaguardar un importante derecho humano.

Una alianza económica estratégica de largo plazo es un enfoque mucho más sensible a las relaciones entre China y EE.UU. que regresar al proteccionismo destructivo. En lugar de hacer daño a los negocios y consumidores estadounidenses que se benefician del libre comercio, el Congreso debería reconocer el progreso que ha logrado China y no erigir barreras a las relaciones comerciales.

James A. Dorn es Vice-presidente para Asuntos Académicos de Cato Institute y especialista en China y coautor de China´s Future: Constructive Partner or Emerging Threat? (El Futuro de China: ¿Socios Constructivos o Amenaza Emergente?).



El "modelo sueco", 1960-1990

por Gabriela Calderón

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org y columnista de El Universo (Ecuador).

Washington, DC—Mauricio Rojas es un chileno ex-miembro del Movimiento Izquierda Revolucionario (MIR) que llegó a Suecia huyendo de un gobierno militar que buscaba extirpar todo indicio de la izquierda radical.1 Hoy, 34 años después, él es un diputado por el partido Liberal sueco y ha escrito un libro que revela la transformación que su pensamiento ha experimentado: Reinventar el Estado de Bienestar.

Rojas comienza el libro diciendo que para muchos Suecia “representa una sociedad modelo que está lo más cerca que se puede llegar del socialismo sin desbarrancarse en los abismos del totalitarismo”.2

Sucede que aquellos que consideran a Suecia una especie de “utopía posible” ignoran que: (1) este país abandonó el modelo de amplia intervención estatal hace 15 años; (2) que el modelo del Estado de Bienestar que brindaba protección “desde la cuna hasta la tumba” era un fenómeno nuevo en Suecia (su construcción se puede decir que comenzó en 1960); y (3) que ese modelo resultó en un desempeño económico relativamente negativo en comparación a los otros países desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).3

Hasta 1950, la carga tributaria como porcentaje del PIB en Suecia era más baja que aquella de Alemania, EE.UU., Reino Unido y Francia. Era de apenas un 22%. Es precisamente durante esas décadas de baja carga tributaria (1870-1950) que Suecia era el segundo país en Europa con la tasa más alta de crecimiento promedio del PIB.4

En cambio, entre 1950 y 1973, periodo en que se instauró el “modelo sueco” de intervención estatal en la provisión de servicios públicos, el crecimiento de Suecia fue el más lento de Europa Occidental con la excepción del Reino Unido. Lo mismo sucedió para el periodo entre 1973 y 1998 pero esta vez solo Suiza demostraba un peor crecimiento.5

Veamos: Suecia duplicó su carga tributaria entre 1960 y 1989 (del 28 al 56% del PIB).6 Durante 1960 y 1980, el gasto público pasó del 31 al 60% del PIB y el empleo público como porcentaje del total de la fuerza laboral se triplicó.7 La adjudicación de más y más responsabilidades exclusivas del Estado sueco (léase monopolios estatales) resultaron en que el país se convirtió en “el paraíso de la producción en masas, ya sea de automóviles, viviendas, educación o salud”.8

Pero el modelo era insostenible y eso se volvió dolorosamente evidente entre 1991 y 1993, periodo durante el cual se perdieron medio millón de empleos y el PIB sufrió una pérdida acumulada de un 6%.9 El gasto público se disparó a un 72,4% del PIB.10

Para 1960, antes de que se instaurase el Estado de Bienestar, Suecia ya era una potencia industrial con una población educada. Esa fue la base económica que le proveyó a la social democracia los recursos necesarios para la implementación del Estado benefactor. De manera que, dice Rojas, “quienes predican la adopción del ‘modelo sueco’…en países sin una base material comparable, no hacen sino proponer una quimera”.11

En 1991 ganaron elecciones partidos no socialistas bajo la bandera de la “revolución para la libertad de elección”.12 Esa revolución que se ha dado en los últimos 15 años, ha sido virtualmente ignorada en la discusión del modelo sueco en Latinoamérica. Esa revolución, de la cual hablaré la próxima semana, tiene poco o nada que ver con la concentración de poder, la estatización y la pérdida de libertad para elegir de cada ciudadano.

EE.UU.: Obama y el voto étnico


por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

¿Por qué votan los electores? ¿Qué los motiva? La etnia a la que se pertenece, y a la que pertenecen los candidatos, sin duda, es un factor. El elector generalmente busca a uno de los suyos, o, por lo menos, del vecindario. Parece que el 95% de los electores afroamericanos votará por Obama. Es natural. Es la primera vez que un candidato negro tiene posibilidades de ser presidente de Estados Unidos. En los comicios locales de la Florida ocurre lo mismo. El votante cubanoamericano suele respaldar a los candidatos de esta procedencia, los anglos apoyan a quienes se les parecen a ellos y tienen nombres anglosajones (no siempre: hubo un gobernador anglo apellidado Martínez) y los afroamericanos prefieren a su gente.

No obstante, según las encuestas, el candidato Obama tiene el respaldo de un sector muy importante de votantes blancos. ¿Quiénes son esas personas? En general, electores de grandes centros urbanos, varones, más educados y prósperos que la media, demócratas e independientes que se autodenominan ''liberales'' en el distorsionado sentido que esta palabra, de origen español, ha adquirido en inglés. Para ellos, las diferencias étnicas pesan menos que la imagen positiva que perciben de Obama: un hombre joven, culto, dotado de una personalidad magnética, notable orador, empeñado en cambiar al país, aunque todavía no ha aclarado cómo ni en qué dirección. Creo, además, que votar por una persona de otra etnia les proporciona a los liberales la gratificación emocional de demostrar que son personas libres de prejuicios. (Es un mecanismo conocido: a las personas muy religiosas les conforta votar por los candidatos justos y severos. El voto es también una fuente de placer psicológico.)

El caso de los hispanos es muy interesante. Como suele ocurrir, los afroamericanos y los hispanos son dos minorías no muy bien integradas. Viven en barrios separados, y no es estrictamente una cuestión racial: los afrocubanos o los afrodominicanos prefieren residir entre hispanos que entre afroamericanos. La etnia y la cultura importan más que la cantidad de melanina que tiñe la piel. Entre ambos grupos fluyen prejuicios y estereotipos. Las pandillas juveniles hispanas y afroamericanas se enfrentan en las calles de las grandes ciudades y luego continúan sus cruentas batallas en las cárceles.

Cuando los hispanos tuvieron que elegir entre Obama y Hillary, prefirieron a Hillary. Pero entonces la elección era dentro del Partido Demócrata, al que pertenecen dos de cada tres hispanos. Por ahora nadie sabe con precisión qué sucederá cuando la alternativa sea entre un republicano blanco y un demócrata negro. ¿Prevalecerán los resabios étnicos o la filiación partidista?

Los judíos se enfrentan a un dilema parecido. La mayoría responde al perfil sociológico obamista (blancos, educados, radicados en ciudades grandes, más prósperos que la media, liberales y demócratas), pero las relaciones entre los afroamericanos y los judíos no son las mejores. Los líderes radicales negros vinculados al islamismo, como Louis Farrakhan, se han dedicado a envenenarlas. Ya casi nadie recuerda a Sammy Davis, aquel talentoso cantante y showman negro que se hizo judío sin dejar de burlarse de unos y otros. ''Desde que me hice judío —decía Davis— cada vez que paso frente a una joyería no sé si asaltarla o comprarme un diamante''. Cuando Barry Goldwater era el candidato republicano en las elecciones de 1964, un conservador sureño de Arizona, Dean Martin, solía consolar a su amigo Davis (muy demócrata) con una frase malvada: ''No sé por qué Sammy está preocupado. Ya le he dicho que si gana Goldwater yo lo compro''. Eran otros tiempos, menos preocupados por la corrección política. ¿Qué emoción va a prevalecer entre los electores judíos? ¿La secreta hostilidad étnica o la afinidad ideológica liberal? Todavía es muy pronto para saberlo.

En todo caso, me parece que Obama, no obstante ser hoy el candidato favorito, puede acabar perdiendo frente a McCain, pese a la edad del senador republicano, la impopularidad de su presidente, los problemas económicos que experimenta el país y el rechazo a la guerra de Irak. Y si Obama pierde será víctima, precisamente, de estos incómodos pero reales factores étnicos. Es a esto a lo que se refería Hillary Clinton cuando advertía sobre la probable no elegibilidad del senador Obama. Como McCain es un republicano moderado, no irrita a casi ningún blanco demócrata, republicano o independiente que sienta algún reparo en votar por un afroamericano. Triste e inevitablemente, la elección estadounidense será (ya va siendo), en gran medida, una contienda racial. Y ahí McCain lleva las de ganar.

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